lunes 6 de septiembre de 2010

Ayer pequé y antes de ayer y la semana pasada y...


Siempre me resultó curioso el deseo del ser humano por recordar y no olvidar el pasado. Ha sido para mí tema de reflexión la gran preocupación que tenemos los hombres y las mujeres por hacer memoria de lo que aconteció hace tantos o cuantos meses o años. Me resulta curioso; y más cuando esto se ve acompañado por una gran desconfianza y escepticismo por lo que vendrá, por el futuro.
Creo que a los personas nos gusta más mirar el pasado que soñar el futuro. Y así nos va, claro.
Y juzgamos a las personas por lo que fueron; y, si han cambiado, permanece el "pero" del pasado; y si desean conversión... nos apresuramos a colocar sobre ellas la losa de su historia.

Y lo peor de todo esto es que... llegamos a fosilizar nuestra vida en lo que fue y pasó y en lo que pudo haber pasado y no fue. Y caminamos doblados por el peso de la mochila vieja y rota de la historia. Y tratamos a los otros, no mirándoles a los ojos, sino fijándonos en cuan grande o pequeña es su mochila. Y así nos va.

Pero la verdad es que Jesucristo nos ama ahora, como somos ahora, no como hemos sido ayer, o antes de ayer o la semana pasada. Esa es la verdad y ese es también nuestro consuelo.
Y es cierto que nosotros somos el producto resultante de muchas cosas y, entre ellas, de nuestras vivencias pasadas. Pero puede que prefiriésemos ser de otra manera ya que en ocasiones nos entendemos muy por debajo de lo que nuestro orgullo y amor propio soñaban. Y por esto, disimulamos, como si hubiésemos dejado de ser, por arte de magia, pecadores y limitados. Y nos turba el pensar en el ayer, en el antes de ayer y en la semana pasada; porque hemos pecado.

Pero Cristo nos ama ahora, como somos ahora. Si sabemos que Él ha perdonado nuestro pecado (que sucede siempre a través del Sacramento de la Penitencia)... ¿por qué seguir nosotros empeñados en grabar a fuego en el corazón nuestros ayeres.

Creo que nuestra cara dibujará una sonrisa cuando seamos capaces de entender que el Amor de Dios es para nosotros ahora, en este día, en este minuto y en este segundo. Sonreiré de verdad cuando entienda que el Amor de Dios para mí no está minimizado por mis infidelidades del pasado. No nos recordará nunca nada. Y debemos glorificarle por la misericordia que ha tenido con nosotros y por la misericordia que tendrá siempre. Porque, en definitiva, el verdadero amor perdona siempre y... olvida; y Él es el verdadero amor.


Es inhumano, ilógico e insano bañarnos en el barro de nuestras miserias pasadas. Es infinitamente más saludable sumergirnos en el mar de la misericordia y del amor de Dios y desde ahí disfrutar de saberse querido a pesar de todo. Sumergirnos, nadar y disfrutar de ese mar de calma y aguas transparentes en el que sólo cabe la confianza en Jesucristo que nos ama y nos seguirá amando con un amor loco que nada ni nadie (ni siquiera nuestro propio pecado) podrá hacer desaparecer.

Y pequé. Y ya me han perdonado.

Pero... pequé. ¿Y?

-Sagrado Corazón de Jesús, confío en Ti-

1 comentarios:

  1. Estoy totalmente de acuerdo. Sumergirnos en ese mar de la misericordia que el Señor tiene cada día para mí y conmigo, y que nos llevara no sólo a sabernos queridos, sino a mirar y a usar de esa misma misericordia con los demás.

    ResponderSuprimir