martes 21 de diciembre de 2010

¡Qué bella es la vida!

¿Por qué vivir?; ¿para qué hacerlo?
¿Qué sentido tiene caminar por la historia si ésta es tremendamente grande y cada uno de nosotros no dejamos de ser como un ínfimo grano de arena en una playa interminable?
¿Para qué las alegrías si son fugitivos momentos en medio del sufrimiento y el dolor que parecen más fuertes y poderosos que cualquier otra cosa?
Vivir, hacer, caminar... e inundarse de preguntas. Así es la vida.

Pero, un día más, uno debe de gritar convencido aquello que, en y desde la verdad, tiene consistencia: ¡qué bella es la vida!
Este Mundo es muy hermoso y esta vida... un desafío precioso.
Si alguien no está convencido de esto no podrá menos que pintar en su rostro, y para siempre, un cuadro de tristeza y desanimo.
Pero la vida es bella y merece la pena vivirla entregando cada segundo de la propia existencia.

Estamos a cinco días de celebrar el nacimiento de Alguien que, como ardiente espada, dividió la historia en dos partes; a cinco días de celebrar que Dios se hizo uno como nosotros para demostrarnos que vivir es maravilloso y que cada persona llevamos dentro de nuestro corazón una gran carga de divinidad que nos convierte en seres absolutamente irrepetibles.
Que Dios se haya hecho hombre significa que las personas no somos unos seres vivos, entre tantos, que caminamos, con más o menos inteligencia, por esta historia resultado de un desastroso cúmulo de casualidades evolutivas. Que Dios se haya hecho uno como nosotros significa que ser hombre o mujer es algo tremendamente más grande de lo que podemos llegar a imaginar.

Hoy, a cinco días de celebrar la Navidad, debemos decir convencidos que la vida es bella y que lo es siempre y en todo momento... a pesar de las manchas y fatalidades que puedan "adornarla", que no son más que la consecuencia del pecado que, con nuestra equivocada colaboración, pretende apoderarse de la historia.

-Sagrado Corazón de Jesús, confío en Ti-

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